Si por acá escampa...
Argentina enfrenta los albores de una crisis económica y política que trae resquemores del fin de los 90. Ayer un par de argentinos abrían los ojos dejando las orbitas casi vacías, mientras renegaban porque alguien invocaba al demonizado Menem: “No lo digas, no lo digas, corres el riesgo de morir”, decían los supersticiosos descendientes de los llamados “tanos” –napolitanos. La solución es “sobarse una”—la izquierda con la mano derecha. Todo el temor que cundía entre este par es sólo la punta del iceberg de un gran pánico al retroceso, a la involución. Mientras Nestor Kirchner ve perdida la partida con los porteños al enfrentarse al electo Jefe de Gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri, su popularidad se va tensando al son de la suba de precios, la corrupción en el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) y los juicios a funcionarios por casos de soborno y estafa.
La vida se va sumiendo en el caos: el revisionismo está a la orden del día. En julio se reiniciaron los juicios por violaciones de los Derechos Humanos durante los gobiernos militares de la década del 70. Las protestas y manifestaciones en las calles son de uso común, sin acudir a la represión, no vaya y sea que se aparezca el fantasma que tumbó a De la Rúa. Cristina, flamante esposa de Kirchner, sube al podio del poder, cual imitación de la ya acartonada y anacrónica historia de un peronismo que agoniza. El corte izquierdista del Kirchnerismo pareciera aumentar el caos político, económico y social. Los medios institucionales de manifestación política se intercambian por los piquetes y los cortes que son respaldados por el gobierno, al tiempo que no hay propuestas estructurales para la solución de la pobreza sino planes asistencialistas. En lo económico, el gobierno es paternalista al querer intervenir y controlar los mercados lo que genera un comportamiento semi ficticio de la economía.
Las subas de precios siguen presionando la inflación, se controla el dólar para mantenerlo en un cambio alto y así estimular la exportación y el crecimiento económico, sin embargo las ganancias de las importaciones significan más moneda corriente y mayor presión inflacionaria. La semana pasada, la economía no soportó más, el dólar se trepó, la bolsa cayó y la confianza comenzó a temblar. Las cifras del INDEC parecen adulteradas. La inseguridad en las calles crece, las villas –zonas de asentamiento espontáneo tipo cinturón de miseria— se llenan de gente, muchos son inmigrantes de los países vecinos y de la provincia buscando mejores opciones de trabajo, pero en Buenos Aires se encuentran con subempleo y asistencialismo.
Kirchner llegó para quedarse, dado que su nivel de popularidad se mantiene estable, Cristina será su mosquetera para los próximos 6 años. Sin embargo, la situación de inestabilidad y desconfianza económica, así como las acusaciones de corrupción, que no tardarán en tocar más de cerca a los pingüinos, son un caldo de cultivo para la explosión social. Ya a mediados de julio renunció una de las ministras estrella, Felisa Micelli, ex-ministra de economía, por una investigación sobre un paquete de dinero de dudosa procedencia encontrado en el baño de su despacho.
El Kirchnerimo enfrenta el gran reto de demostrar que sí tiene el poder para controlar la economía después de la etapa de recuperación que lideró desde el 2002 y que ahora comienza a mostrar signos de inestabilidad. Al tiempo que tiene que organizar el circo en el que está la política argentina dada la crisis de los partidos tradicionales, el justicialismo (peronista) y el radicalismo.

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